El Tai Chi desde el punto de vista de una fisioterapeuta

(Hace unas semanas solicité a alumnos con profesiones sanitarias que respondieran a la pregunta: "¿Por qué recomendarías el Taichí?. Sólo les pedí un par de líneas, pero Elisabet Soto, que además de buena amiga es una excelente fisioterapeuta nos ha regalado este magnífico artículo. ¡No se como darle las gracias!)

Para todas las personas resultan ya bien conocidos los beneficios físicos del taichí: Mejora del equilibrio y la coordinación, relajación de la musculatura dinámica (que tiende a la hipertrofia) y fortalecimiento de la musculatura estática, flexibilización de articulaciones, tales como cadera, rodillas y tobillos, mejora de la circulación sanguínea y la capacidad respiratoria, y un largo etc.

Pero entre los beneficios físicos hay uno un tanto desconocido. Hablamos de la flexibilización del tejido fascial y neuromeníngeo.

El tejido fascial o conjuntivo es una piel interna que recubre cada una de nuestras estructuras y órganos. Cada hueso, víscera, glándula, nervio o músculo está rodeado de una piel. Y esta piel, al igual que la externa, es un único tejido indivisible. De igual modo que yo no puedo decir dónde acaba la piel de mi brazo y dónde empieza la de mi mano, no podemos dividir nuestro tejido fascial interno.

 

En el caso del sistema nervioso, esta cobertura fascial tiene nombre propio, el sistema neuromeningeo.

En muchas ocasiones aparecen adherencias o restricciones en la movilidad de este tejido, provocando dolores que creemos musculoesqueléticos, que pueden aparecer muy distantes de su causa real. Gracias al taichi prevenimos e incluso eliminamos estas restricciones de la movilidad, devolviendo su condición elástica y eliminando dolores tales como ciáticas o epicondilitis, trabjando todo el sistema fascial en su conjunto.

Un sistema fascial móvil y elástico es un sistema sano. Y el taichi es uno de los mejores ejercicios conocidos para mantenerlo sano.

Y más allá de los beneficios físicos, el taichi es una poderosa herramiento para el tratamiento de dolencias de origen psicoinmune. Para poder entenderlo debemos explicar sencillamente cómo funciona nuestro sistema nervioso autónomo.

El sistema nervioso se divide en dos: El S.N. autónomo, que controla nuestras funciones vitales como la respiración, el latido cardiaco o el movimiento de nuestras vísceras; y el S.N. central y periférico, que controla funciones voluntarias como el movimiento.

Pues bien, el sistema nervioso autónomo se divide, a su vez, en dos subsistemas, el simpático y el parasimpático. Este último es el que funciona en condiciones de normalidad, digamos en calma. Nos permite respirar pausadamente, contrae la musculatura cardiaca al ritmo apropiado, mantiene nuestro tono muscular bajo... El sistema simpático, en cambio, se activa en condiciones de peligro o alerta. Acelera la frecuencia cardiaca para tener más aporte sanguíneo a los músculos, acelera la respiración para aumentar el aporte de oxígeno a mis tejidos, eleva el tono muscular, genera adrenalina y cortisol y corta funciones vegetativas como la digestión. Todo ello para preparar nuestro cuerpo para el ataque o la huída. Cuando nuestro cerebro interpreta una señal como peligro, inmediatamente el sistema simpático se pone en funcionamiento.

Una reacción asociada a la activación del sistema simpático es la activación del sistema inmune. Como es previsible en un ataque, podemos resultar heridos. El sistema inmune se adelanta a ello y eleva nuestras defensas para combatir una posible infección en un corte o herida.

Ahora debemos pensar que el ser humano ha evolucionado muchísimo a nivel social e intelectual en muy poco tiempo, pero nuestra anatomía y fisiología no distan apenas de las de las personas de antaño dedicadas a la caza y recolección para sobrevivir. Hoy en día y en nuestra sociedad el peligro no lo hayamos en un oso o en una tribu enemiga, si no en la hipoteca, en la relación con mi pareja o familia, en la presión de mis superioras en el trabajo o en los exámenes de la universidad. El cerebro activa el sistema simpático al sentirnos amenazados, aunque en este caso la amenaza no es física. Es lo que llamamos estrés. Y esta activación causada por el estrés es exactamente la misma que la que causaba un encuentro con un oso. Taquicardia, respiración superficial, insomnio, malas digestiones... Y una activación del sistema inmune que no debemos obviar. ¿Qué hacen mis defensas cuando no existe una herida? Atacan a mi propio cuerpo. Si una estructura ya está ligeramente dañada, actuarán allí porque entienden que existe un daño. Si no tengo nada dañado, atacaran estructuras sanas, provocando inflamaciones injustificadas y dolores. El estrés funciona como una enfermedad autoinmune.

41 días de estrés consecutivos son suficientes para crear daños anatómicos visibles en diagnóstico por imagen, como resonancias o ecografías. Un ejemplo muy común, tendinitis del supraespinoso en el hombro. Personas con vidas sedentarias que pasan 8 horas frente a un ordenador y que no hacen deporte o actividad alguna que dañe sus hombros, y sufren de dolores agudos e intratables en estas articulaciones. ¿Por qué? Estamos ante una tendinitis por estrés.

El taichi trabaja nuestro sistema nervioso a niveles muy profundos, reestableciendo poco a poco el equilibrio de nuestro sistema autónomo, desactivando el sistema simpático. Nos enseña a lidiar con las amenazas estresantes sin activación del mecanismo del estrés. El taichi es una herramienta increiblemente eficaz en el trabajo de la relajación, ya que no deja de tratarse de una meditación en movimiento, cuyos beneficios están sumamente probados.

En resumen, el taichi aúna los beneficios de un ejercicio físico armónico y equilibrado, con los beneficios a nivel de psicoinmunidad que proporciona la meditación, convirtiendo esta disciplina en una herramienta eficaz contra dolores de muchas índoles, y trastornos de carácter nerviosos como la ansiedad o el insomnio. Aporta vida, regala bienestar.

Vía José Luis Monforte, septiembre de 2019

(Si estás interesado en descubrir el Tai chi, acércate por Jardín Eterno, en la calle San Bernardo, 14 de Avilés. Encontrarás más información en Jardín Eterno)

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